lunes, 30 de enero de 2012

Heracles (1) . Robert Graves.

Zeus, aprovechando la ausencia de Anfitrión, tomó la figura de él y yació con su esposa Alcmena, toda una noche, a la que dio la duración de tres. Pues Hermes, por orden de Zeus, había mandado a Helio que apagase los fuegos solares y a las Horas que desunciesen su tiro y se quedasen al día siguiente en casa; porque la procreación de un héroe tal como el que se proponía engendrar Zeus no se podía realizar apresuradamente.

Helio obedeció, rezongando con el recuerdo de los buenos tiempos pasados, cuando el día era día y la noche era noche; y cuando Crono, el entonces Dios Omnipotente, no abandonaba a su esposa legal para irse a Tebas en busca de aventuras amorosas.

Hermes ordenó luego a la Luna que siguiese lentamente su órbita, y al Sueño que amodorrase a la humanidad de tal modo que nadie se diera cuenta de lo que sucedía.

Alcmena, completamente engañada, holgó inocentemente con su supuesto marido durante aq uellas treinta y seis horas. Al día siguiente, cuando Aifitrión volvió, rebosante de entusiasmo por la victoria y lleno de pasión por ella, Alcmena no le acogió en el lecho matrimonial con el entusiamo que él esperaba. «Anoche no cerramos los ojos— se quejó ella— y seguramente no esperarás que escuche por segunda vez el relato de tus hazañas.» Anfitrión, que no pudo comprender esas palabras, consultó con el adivino Tiresias, quien le dijo que Zeus le había hecho cornudo; y en adelante no se atrevió a volver a dormir con Alcmena por temor a incurrir en los celos divinos.

Nueve meses después, en el Olimpo, Zeus se jactó casualmente de que había engendrado un hijo, que estaba a punto de nacer, quien se llamaría Heracles, que significa «Gloria de Hera», y gobernaría la noble casa de Perseo. Al oír esto, Hera le hizo prometer que si a la casa de Perseo le nacía algún príncipe antes de anochecer sería Rey Supremo.

Cuando Zeus hizo al respecto un juramento inviolable, Hera fue inmediatamente a Micenas, donde apresuró los dolores de parto de Nicipe, esposa del rey Esténelo. Luego corrió a Tebas y demoró el nacimiento de Heracles hasta que Euristeo, hijo de Esténelo, sietemesino, estuvo ya en su cuna. Cuando nació Heracles, con una hora de retraso, se encontró con que tenía un hermano mellizo llamado Ificles, hijo de Anfitrión y una noche más joven.

Aunque Zeus no podía violar su juramentó y permitir a Heracles que gobernase, convenció a Hera para que accediese a que, después de realizar cualesquiera doce trabajos que le señalara Euristeo, su hijo se convirtiese en un dios.

Una noche, cuando Heracles tenía ocho o diez meses de edad, Alcmena, después de lavar y amamantar a sus mellizos, los acostó para que descansaran bajo una colcha de lana de cordero. A medianoche Hera envió dos prodigiosas serpientes de escamas azuladas a la casa de Anfitrión, con órdenes estrictas de dar muerte a Heracles.

Las puertas se abrieron al acercarse ellas, se deslizaron por el umbral y por los pisos de mármol hasta el cuarto de los niños, con los ojos arrojando llamas y el veneno goteando de sus colmillos. Los mellizos se despertaron y vieron a las serpientes retorcerse a su alrededor y sacando como dardos sus lenguas bifurcadas, pues Zeus volvió a iluminar divinamente la habitación.

Ificles gritó, arrojó la colcha de un puntapié y en una tentativa para escapar rodó al suelo. Sus gritos de espanto y la extraña luz que resplandecía bajo la puerta del cuarto de los niños despertaron a Alcmena. «¡Levántate, Anfitrión!», exclamó. Sin esperar a ponerse las sandalias, Anfitrión saltó del lecho de madera de cedro, tomó su espada, que colgaba de la pared cerca de él, y la sacó de su vaina pulida.

En aquel momento se apagó la luz en el cuarto de los niños. Mientras gritaba a sus esclavos soñolientos que acudieran con lámparas y antorchas, Anfitrión entró en la habitación, y Heracles, que ni siquiera había lanzado un sollozo, le mostró con orgullo las serpientes, que estaba estrangulando, una con cada mano. Cuando murieron, se echó a reír, se puso a saltar alegremente y arrojó las serpientes a los pies de Anfitrión.

Cuando Heracles dejó de ser un niño, Anfitrión le enseñó a conducir un carro y a dar vuelta a las esquinas sin rozar las columnas. Cástor le dio lecciones de esgrima y le instruyó en el manejo de las armas, las tácticas de la infantería y la caballería y los rudimentos de la estrategia. Uno de los hijos de Hermes fue su maestro de pugilato. Eurito le enseñó el manejo del arco, pero Heracles pronto superó a todos los arqueros nacidos hasta entonces.

Eumolpo enseñó a Heracles a cantar y tocar la lira, en tanto que Lino le inició en el estudio de la literatura. En una ocasión en que Eumolpo estuvo ausente, Lino le dio también lecciones de lira; pero Heracles se negó a cambiar los principios que le había enseñado Eumolpo, y como Lino le golpeó por su terquedad, lo mató con un golpe de la lira. Anfitrión, temiendo que el muchacho pudiera cometer más delitos de violencia, lo envió a una hacienda de ganado, donde permaneció hasta que cumplió los dieciocho años, superando a sus contemporáneos en altura, fuerza y valor.

No se sabe quién enseñó a Heracles la astronomía y la filosofía, pero estaba versado en ambas ciencias.

Habitualmente se dice que tenía cuatro codos de altura. Sin embargo el sabio Pitágoras dedujo, a partir de la longitud del paso de Heracles, que debía medir cuatro codos y un pie.

Los ojos de Heracles fulguraban y tenía una puntería infalible, tanto con la jabalina como con la flecha. Comía parcamente al mediodía, y en la cena su comida favorita eran la carne asada y las tortas de cebada. Su túnica era corta y limpia y prefería pasar la noche bajo las estrellas a dormir dentro de casa.

Los dioses enloquecieron n a Heracles, que cometió toda clase de desmanes. Cuando recobró la razón se encerró en una habitación oscura durante varios días, evitando toda comunicación con seres humanos y, después de ser purificado, fue a Delfos, para preguntar qué debía hacer. La Pitonisa le aconsejó que residiera sirviera a Euristeo durante doce años y realizara los trabajos que le impusiese, en compensación por lo cual se le concedería la inmortalidad. Al oír esto, Heracles se sumió en una profunda desesperación, pues aborrecía servir a un hombre al que consideraba muy inferior a él, pero temía oponerse a la voluntad de su padre Zeus. Muchos amigos acudieron a consolarle en su angustia, y por fin, cuando el transcurso del tiempo había aliviado algo su dolor, se puso a disposición de Euristeo.


EL PRIMER TRABAJO: EL LEÓN DE NEMEA

El primer trabajo que impuso Euristeo a Heracles fue el de matar y desollar al león de Nemea, una fiera enorme con una piel a prueba del hierro, el bronce y la piedra.

Aunque algunos dicen que este león descendía de Tifón, o de la Quimera y el perro Ortro, otros dicen que Selene lo parió con un estremecimiento . Heracles fue al monte Treto y al poco tiempo divisó al león que volvía a su guarida, salpicado con la sangre de la matanza del día. Le lanzó una andanada de flechas, pero rebotaron en la espesa piel sin hacerle daño y el león se lamió las quijadas y bostezó. Luego Heracles utilizó la espada, que se dobló como si hubiera sido de plomo; finalmente levantó la clava y descargó con ella tal golpe contra el león en el hocico que el animal se introdujo en su cueva de doble boca sacudiendola cabeza, no a causa del dolor, sin embargo, sino porque le zumbaban los oídos. Heracles, lanzando una triste mirada a su clava rota, cubrió con una red una de las entradas de la cueva y se introdujo en ella por la otra. Habién dose dado cuenta de que el monstruo era inmune a todas las armas, se puso a luchar con él a brazo partido. El león le arrancó un dedo de un mordisco, pero,tomando su cabeza debajo del brazo, Heracles lo apretó hasta estrangularlo.

Luego llevó el cuerpo del león a Micenas. Euristeo, pasmado y aterrado le prohibió volver a entrar en la ciudad; en el futuro debía exhibir los frutos de sus trabajos fuera de las puertas.

Durante un tiempo Heracles se quedó perplejo, sin saber cómo desollar al león, hasta que por inspiración divina se le ocurrió emplear las propias garras del animal, afiladas como navajas, y no tardó en poder llevar la piel invulnerable como armadura y la cabeza como yelmo.

Entre tanto, Euristeo ordenó a sus herreros que le forjaran una urna de bronce, que ocultó bajo la tierra. En adelante, cada vez que le anunciaban la llegada de Heracles se refugiaba en esa urna y enviaba sus órdenes por medio de un heraldo.


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